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(Opinión) Las batallas de diciembre. Por Américo Martín

Por Punto de Corte
Que crezca la audiencia - Américo Martín
Caracas, 25 de noviembre de 2020

El 9 de diciembre de 1824 se celebró la más importante de las batallas de la emancipación iberoamericana.

Fue una verdadera gesta. Las capitales europeas reaccionaron con incredulidad y sorpresa. El absolutismo estaba de regreso y en España, Fernando VII se había impuesto la recuperación de todo el territorio americano que alguna vez estuvo bajo su dominio. Tampoco este monarca creyó que semejante sorpresa fuera cierta. Se pensaba que eran maniobras de la masonería y de los luchadores por la Independencia, solo para confundir y desmoralizar al ejército español. Ellos confirmaron la noticia en mayo  de 1825. El Rey y su Corte mostraron un despecho insólito y, por no querer aceptar la cruda verdad, atribuyeron el suceso a alta traición de los generales seducidos por la masonería y consideraron la posibilidad de apertura de juicios contra todos ellos. Pero, si algo fue puro y transparente como el cristal, fue aquella batalla.

Parto de lo siguiente. La batalla hubiera sido percibida como la definitiva para la Independencia por Bolívar y Sucre, al tiempo que también lo era para la recuperación de los antiguos dominios del vasto imperio de Carlos V, por Fernando VII y su Corte, el virrey José de la Serna y el jefe militar, teniente general José de Canterac.

En realidad, en el territorio del antiguo imperio incaico se encontraba el dispositivo militar más grande que conservaba España en América. Pero, lo fundamental es que para la reacción absolutista sería el poderoso punto de partida para retomar la ofensiva peninsular. Por eso, concentraron una gran fuerza numéricamente muy superior a la del Mariscal Sucre. Obsesionado, probablemente, por  esta conflagración, Bolívar igualmente pensó en el factor cuantitativo como clave de la victoria. Lo cierto es que, creyéndolo o no, remitió una carta al vicepresidente de Colombia,  Santander pidiéndole que le enviara el refuerzo de 20.000 colombianos. La respuesta de Santander fue, según me parece, desconsiderada y hasta ofensiva. Le decía al presidente Bolívar que, a él no lo habían puesto en su cargo para derramar sangre colombiana en guerras en el sur, sino para recuperar económica y culturalmente a su país y esa idea no la cambiaría ni siquiera porque el presidente –Bolívar- fuera su comandante. Por la prohibición del congreso de que el presidente de Colombia dirigiera la guerra extrafronteriza de Perú, cedió el honor de dirigir la última gran batalla a Antonio José  de Sucre. Se sabe que Santander  no envió el voluminoso pedido de soldados, solicitado por el Libertador, y se presume que pudo haber reducido la cantidad en forma sensible. Sin duda, Bolívar exageraba y Santander alguna razón tendría al considerar desmedido aquel pedido porque en el parte militar que Sucre envió a Bolívar, se señala con gran precisión que el ejército realista llevó a Ayacucho 9.310 hombres, en tanto que los patriotas llegaron a 5.780.

En todo caso, si el Libertador inflaba los números, lo estaba haciendo para lucir más convincente. Desconozco cuál haya sido el resultado de este largo intercambio epistolar, pero supongo que no estaría en el interés de los dos sacarle más punta a esta bola de billar.

Sucre fue, pues, el Libertador de Perú y la batalla de Ayacucho una obra suya  y de su brillante elenco de oficiales, entre los cuales destacó a José María Córdova, José de la Mar, Agustín Gamarra, Jacinto Lara y William Miller, como él mismo lo relató en su parte de guerra a Bolívar. Agrega el futuro Mariscal que derrotado Canterac, pidió al general patriota de la Mar, que lo llevara a su presencia para solicitarle una capitulación. Textualmente le argumenta Sucre a Bolívar: “aunque la posición del enemigo podía reducirlo a una entrega discrecional, creí digno de la generosidad americana conceder algunos honores a los rendidos”. La inteligente concesión quedó más justificada que nunca, cuando despertó la admiración de todas las capitales europeas. 196 años no han bastado a los amigos de descalificar, insultar y cometer múltiples demasías para aprender la ventaja política que encierra la flexibilidad y mano abierta al adversario.

Este diciembre, en particular, será el escenario para dos operaciones políticas significativas de nuestro tiempo, las elecciones parlamentarias convocadas para el 6D y la Consulta Popular, del 7 al 12 del mismo mes. Las parlamentarias están sometidas a una secuencia estratégica, según han anunciado los países de la Unión Europea, la OEA y otras naciones, a tenor de las cuales, no reconocerán su validez y, en consecuencia, seguiría básicamente planteada la tensión permanente entre ellas y Venezuela, porque, conforme al principio de continuidad administrativa, los órganos por elección que no cumplan con los extremos de la ley y su renovación esté viciada de nulidad absoluta, no serán aceptados por los Estados que no reconozcan la libertad, justicia e imparcialidad del proceso electoral y, por tanto, al frente de ellos seguirán las autoridades en ejercicio, hasta que se realicen elecciones válidas. Esto, sin duda, podría  colocarnos frente al problema de la reproducción hacia el futuro del drama actual de Venezuela.

La Consulta Popular tiene  el problema de que no será reconocida -como lo ha proclamado en incontables ocasiones- por el gobierno de Maduro y eso podría remitirnos al mismo drama anteriormente mencionado, a menos que, por la presión mundial y nacional –incluida una parte creciente del chavismo y el madurismo-, induzcan a la realización de una elecciones generales, que por ser demandadas por todos, seguramente si serían aceptadas por todos los gobiernos del planeta y la emergencia humanitaria compleja, que tanto pesa sobre le venezolano corriente, pasaría a la historia de una vez y para siempre.

@AmericoMartin 

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