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(Opinión) Ideologías y causas obsolescentes. Por Américo Martín

Por Punto de Corte
Que crezca la audiencia - Américo Martín
Caracas, 18 de noviembre de 2020

El liberalismo dominó el siglo XIX, sobre todo  a partir de la llegada al poder de Antonio Guzmán Blanco en 1870  y se mantuvo sin pausas hasta el gobierno de Ignacio Andrade, condenado a caer en la víspera del nuevo siglo. Me refiero al llamado liberalismo amarillo puesto en la cumbre por  el brillante  hijo de Antonio Leocadio Guzmán. El padre, no menos brillante que su vástago, había fundado el histórico partido en 1848. Al igual que Minerva emanando armada de la cabeza de Júpiter, Antonio Leocadio extrajo también armado de la suya el resonante partido. Su lanza de combate, el periódico  El Venezolano, expandió enormemente la causa liberal. Puesto el partido en el poder  por  el hijo  en 1870, allí se mantuvo hasta 1899.

Comparado con la forma como nombraban los caudillos antes y después de Castro y Gómez, el liderazgo  de los dos Guzmán fue ganado con pulso,   talento y astucia. Desaparecidos padre e hijo, ambos impresionantes personalidades, se produjeron lógicos cambios;  sin embargo el arraigo del liberalismo guzmancista había sido tan profundo que, tanto seguidores como enemigos, descubrieron a ratos, lo complicado que podía ser deshacerse  de él. Incluso  no pocos  se limitaron a enconara los sucesores, unos contra otros. Algunos optaron por anexar el nombre liberal a sus movimientos para tratar de colarse en la fiesta. No por falta de valor, que le sobraba a muchos de ellos, sino porque  su presencia imperial y arrogante  era intimidante. Estilo que repetirán otros líderes. Castro, el más notorio, pero sin la apostura de aquel en su caballo.  Decíase de Cipriano que cabalgaba  cual mono en un asno. Pero, claro,  subestimarlo fue usualmente lo peor.

Los acontecimientos y la inflada vanidad de Castro lo movieron a internacionalizar su liberalismo con base en  Ecuador  (Alfaro), Colombia (Uribe Uribe), Venezuela (Cipriano Castro) y Guatemala (Zelaya). El nuevo Bolívar  sería ¡Por supuesto! el tachirense. Para sacarle provecho a su vanidad, el diplomático chileno Herboso, deslizó en su oído: usted no tiene que limitarse a los cuatro países unidos por Bolívar. Usted está destinado a hacer de América una sola nación.

En nombre de la revolución liberal nacionalista insurgió el Mocho Hernández contra el poderoso jefe liberal “guzmancista” Joaquín Crespo. Por cierto, Crespo le quitó el poder al liberal Andueza Palacios tras organizar la revolución “legalista” acusándolo de intentar violar la Constitución para perpetuarse en la presidencia.

Porfirio Díaz había fundado, en México, el partido anti reeleccionista para impedir la victoria del iluminado Francisco Madero y resulta que se apropió del mando por siete períodos y sin rubor se disponía a cumplir el octavo de no ser por el incendio devastador de la guerra civil mexicana.  

Los conservadores paecistas se fueron extinguiendo. Guzmán Blanco prometió borrarlos del mapa. El caso es que   nadie soportaba el estigma de godo-conservador. En una visita a Venezuela el escritor colombiano José María Vargas Vila, comentó con su sobrado sentido del humor, que en Venezuela todos eran liberales, nadie conservador. Le bastaba evocar la larga confrontación entre los Liberales y Conservadores de su país, fundados en 1848 y 1849  siguen en pie, aunque  con averías evidentes, después de más de 170 años. Sacudidos por guerras interminables mantienen vocación institucional, más si quieren remontar la cuesta, necesitan renovarse.  Los clásicos distintivos ideológicos partidistas van  desapareciendo.

Semejante escamoteo se repitió en Venezuela  con los vocablos izquierda y socialista  en los años 40, 50 y  60 del siglo XX. Proliferaron ligeras simpatías; eso sí, anexando  cognomentos salvadores, tales como: nacionalista, progresista, etc.  Incluso el gobierno de Chávez queriendo llegar más lejos dijo sin decirlo: socialismo, sí, pero ojo, el del SXXI, en nada parecido a los siglos XIX (el de Marx, Engels y Lassalle) y del XX, el de Lenin, Stalin, Trotsky, Mao y Fidel y el Ché). Un paso más y se auto declaran utópicos para no parecerse ni cargar con peligrosas  culpas de nadie. Y en efecto, una de las acepciones del  vocablo “utopía” es: “lo que no existe”. De tanto sacarle el cuerpo a denominaciones comprometedoras sin quedarse en sonoridades sin contenido,  habrá que meterle mucha cabeza para  responder a la impertinente pregunta de ¿y con qué se come eso?

No deseo entrar en polémicas tercas con nadie en particular, que hayan perdido sustantividad en el mundo. No le cargo la mano a ideologías y causas, solo estoy aireando interrogantes que extraigo de un repaso minucioso de partidos y causas históricas obligados a refrescar principios, programas y estrategias para reencontrarse con la realidad. Una organización que haya impulsado el desarrollo siendo progresivamente superada por ese mismo desarrollo, puede perfectamente alcanzarse a sí misma y colocarse en la cima desde donde se mira y se construye el futuro, pero tal destino espera a las nuevas organizaciones, atentas a la experiencia de lo válido y lo no válido, si  se preparan enérgicamente para llegar al poder  obligándose a asumir las exigencias que se imponen.

Concluiré haciendo mías –dicho sea con toda la humildad del mundo-  estas palabras del gran poeta Antonio Machado, citadas en otro texto por Agustín Blanco Muñoz

La pretensión de los profetas… “de ver lo futuro no es mucho más usuraria que la jactancia de conocer lo pasado, en la cual todos hemos alguna vez incurrido”.

@AmericoMartin 

* Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.

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