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(Opinión) Del «fraude» G4 a la excusa de las sanciones. Por Enrique Ochoa Antich

Por Punto de Corte
Del fraude - G4 a la excusa de las sanciones
Caracas, 23 de noviembre de 2020

La semana pasada comentamos aquí cómo la política puede convertirse en un ejercicio sublime de cinismo, de modo que el discurso sea solo una ristra de coartadas para engañar a incautos. Hablamos entonces de Hitler y el mito de la puñalada por la espalda que habría conducido a la derrota de Alemania en la primera guerra (no sus fracasos militares), lo que pretendió justificar sus crímenes contra comunistas y socialdemócratas primero y judíos después, todos «traidores a la patria» que no merecían perdón. Y de la actual conducta de Trump quien, pataleando como un infante malcriado, nos quiere hacer creer que ganó unas elecciones que en realidad perdió por más de 7 millones de votos y 306 a 232 de los Colegios Electorales, extraviando incluso el sentido del ridículo (él, más aún Giuliani, chorreando tinte de pelo ante los perplejos periodistas, y todavía más nuestros trumpistas vernáculos), llegando a la babiecada de denunciar la participación del gobierno de Maduro en la victoria de Biden (como se ve, la estolidez no es propiedad exclusiva de nuestra oposición extremista). Quién podía imaginarlo. ¡Sorprendente y todopoderoso genio del mal que ha sido capaz de hundir sus pezuñas satánicas en el mero corazón del más poderoso imperio de la tierra! Si Chávez construyó un subrepticio cable que conectaría las máquinas del CNE con el despacho de Fidel (como algunos sin rubor llegaron a sostener entre nosotros), Maduro habría llegado a más: de Miraflores provendrían unas extrañas señales electromagnéticas que, trianguladas con Beijing y Moscú, habrían interferido en los dispositivos electorales de los 52 estados. Putin y Xi sonríen en lontananza.

Pero se trata de repetir una mentira tantas veces -y con rostro pétreo- hasta hacerla creíble (Gobbels dixit). Y así recalamos en nuestro terruño. Uno y otro extremo apelan  a ese mismo expediente. Veamos.

No importa que el sistema electoral venezolano, que fue la resulta de negociaciones gobierno/oposición en 2003 y no una concesión graciosa de nadie, sea sometido a ¡17! auditorías previas, perceptivas y posteriores, con participación directa de reputados técnicos de la oposición. No importa que se cuente al azar el ¡52 %! de los votos manuales para contrastarlo con las actas electrónicas de las máquinas (ni que hasta ahora el error muestral de tal contraste, en decenas de procesos electorales, sea de 0 %). No importa que con ese mismo sistema electoral, la oposición haya ganado en 2007 (al más poderoso Chávez), 2008, 2009, 2010 y 2015. Nada de eso importa: lo que sí importa es justificar la política abstencionista, que a su vez justifique la vía violenta, insurreccional e injerencista para el cambio de gobierno, incluyendo sanciones y la ignominiosa invitación a una intervención militar extranjera si fuese el caso. El «fraude» no es un argumento para ser sometido a debate y análisis: es una creencia. Hay fraude: punto final. Puede usted ofrecer numerosas pruebas en contrario: el «fraudista» no se moverá de su dogma abstencionista (aunque, a decir verdad, cada vez son menos los creyentes de tan peculiar fe). De esta suerte, el «fraude» no es al final sino la coartada de los violentos.

Por lo mismo se acusa al gobierno de Maduro, sin mostrar pruebas (ni siquiera el Fiscal Barr pudo hacerlo en su largo libelo), de ser una dictadura narcoterrorista: ¿cómo dialogar con tales criminales? Dinamitar el voto, el diálogo y la negociación es el cometido. Es decir, dinamitar la ruta democrática, de modo que sólo una opción quede en pie ante el ingenuo y desprevenido opositor: la salida de fuerza.

Pero al otro lado de la calle, sucede algo semejante sólo que a cuenta de las sanciones gringas. Sobre este tema volveremos la próxima semana, en la III y última parte de este trabajo, pues largo espacio requieren los números que, escritos en piedra, demuestran la falsedad de esta excusa (incremento de la deuda pública, por ejemplo, o la caída de la producción agrícola e industrial). Demostraremos así, amable lector, que la crisis, es decir, la inflación, el hambre, la pobreza, la destrucción de nuestros servicios públicos, la quiebra incluso de nuestra industria petrolera, en fin, la catástrofe cotidiana de nuestras vidas, es anterior, preexistente a las sanciones. Al menos lo es su origen y lo son sus causas, aunque sólo hoy suframos sus efectos más nocivos y devastadores. Tanto que si una razón faltara para repudiar, como quien suscribe repudia, las crueles sanciones unilaterales de EEUU contra Venezuela, bastaría ésta de ofrecerles a los malos gobernantes la perfecta excusa ante los también ingenuos y desprevenidos seguidores chavistas-maduristas. En fin, otra vez la política trastrocada en coartada.

Volveremos sobre el tema.

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